La productora cuenta que hace aproximadamente 25 años decidió volver al campo para acompañar a su esposo en la actividad agropecuaria y dedicarse a una forma de vida que disfruta profundamente. Después de trabajar en la ciudad, encontró en el ámbito rural un espacio de libertad, contacto con la naturaleza y bienestar personal.
Pasó su infancia en Nuevo Rincón, una zona rural ubicada entre Gualeguaychú y Urdinarrain. Posteriormente, se trasladó a Urdinarrain y luego a Gualeguaychú para cursar sus estudios secundarios. Incluso trabajó en una peluquería en la ciudad. Más tarde, decidió acompañar a su esposo en las tareas rurales y radicarse tierra adentro. Vivió en campos arrendados, donde era una más a la hora de trabajar. Durante mucho tiempo se calzó las botas para ordeñar un pequeño rodeo lechero y alimentar a los terneros que luego vendía, en una tarea muy exigente.
Actualmente, en el campo familiar, se dedica principalmente a la crianza de gallinas ponedoras, una actividad que puede combinar con las tareas del hogar y que le permite obtener rentabilidad. Su emprendimiento cuenta con alrededor de 400 gallinas y otras 300 pollitas en etapa de crianza. Compra las aves desde pequeñas y las alimenta hasta que comienzan a poner huevos, aproximadamente a los seis meses. Su sistema permite que las gallinas permanezcan al aire libre, donde complementan el alimento balanceado con pastos e insectos, aunque siempre disponen de comida en sus comederos. Destaca que “esta modalidad de crianza es una de las características que diferencia su producción”.
En relación con el manejo productivo, Boari, de 68 años, explicó que las gallinas requieren cuidados permanentes y que factores como la temperatura, el agua y el cambio de plumas influyen directamente en la postura.
Agregó que, durante los períodos de calor, resulta fundamental garantizar una buena disponibilidad de agua para evitar caídas importantes en la producción. Señaló que las aves mantienen su etapa más productiva durante aproximadamente dos años, aunque posteriormente continúan poniendo huevos en menor cantidad. Actualmente, reúne entre ocho y nueve maples diarios, frente a los doce que llegaba a obtener cuando las gallinas estaban en plena producción.
La comercialización se realiza principalmente por teléfono, mediante pedidos de clientes, y hasta el momento logra vender satisfactoriamente todo lo que produce. En cuanto a la sanidad, realiza tratamientos antiparasitarios periódicos y observa el comportamiento de las aves para detectar posibles problemas. Entre ellos, menciona la presencia de depredadores, como lagartos y comadrejas, que pueden afectar la producción al alimentarse de los huevos.
Finalmente, Boari destaca el valor del arraigo rural y sostiene que “vivir en el campo requiere una verdadera vocación, ya que las tareas productivas deben realizarse independientemente de las condiciones climáticas”. Mientras ella se ocupa de las gallinas, la casa y el cuidado de las plantas, su esposo desarrolla múltiples labores agropecuarias, desde la siembra y la cosecha hasta el mantenimiento de maquinaria y la atención de los animales.
En una explotación de unas 38 hectáreas, complementada con superficies arrendadas, ambos representan el esfuerzo de los pequeños productores que continúan sosteniendo sus emprendimientos familiares. Para Susana, la vida rural es mucho más que una actividad económica: es una elección personal que le brinda satisfacción y sentido de pertenencia. Por eso, expresa su deseo de permanecer en el campo y advierte que, aunque la actividad es más exigente que la vida urbana, quienes la eligen necesitan compromiso, constancia y una auténtica cultura del trabajo.




